Dr. Carlos Sluzki - Articles


106a. EL CAMINO DESDE EL CONFLICTO A LA RECONCILIACION:
La coexıstencia como proceso evolutivo

Carlos E. Sluzki, MD

Síntesis

Este trabajo propone una secuencia normativa en la evolución desde el conflicto hacia la coexistencia, a saber:

Confrontación↔Tregua↔Colaboración↔Co-
operación↔Interdependencia↔Integración

Confrontación: se asume la mala intención de cualquier acto del otro + actos hostiles con intenciones de dañar la vida, el sustento o el bienestar del otro. (“La hostilidad es la única opción”). Las emociones dominantes son euforia, desprecio y hostilidad.

Tregua: se asume la mala intención de cualquier acto del otro + actos hostiles limitados por una “zona neutral”, real o virtual, que está vigilada o controlada por un tercero con poder. (“Listos para ser hostiles ni bien sea necesario”). Las emociones dominantes son resentimiento, rabia y desconfianza.

Colaboración (significado literal “compartiendo labores”): se presume malas intenciones como trasfondo + algunas actividades en común (tal como el cultivo compartido de tierras en zonas fronterizas). (“Las hostilidades son la última opción”). La tercera parte comienza a desdibujarse. Las emociones dominantes son desconfianza y ambivalencia.

Cooperación (significado literal “compartiendo operaciones”): se presumen intenciones neutrales + acciones para la planificación de actividades en común (tal como el diseño de un dique que beneficie a ambos territorios). La tercera parte se retira. (“Las hostilidades pueden resultar inconvenientes”). Las emociones dominantes son ambivalencia y empatía cautelosa.

Interdependencia (significado literal “dependencia recíproca”): la presunción de que existen objetivos comunes eclipsa la presunción de que existen malas intenciones + compromiso progresivo en acciones o planes en favor del bien común. (“Las hostilidades serían un absurdo”). Las emociones dominantes son perdón y confianza, con mínimas reservas.

Integración total: se presumen buenas intenciones en relación a cualquier acto de los otros + compromiso activo en el desarrollo de planificación/acción para el bien común. Cada parte apoya el crecimiento del otro. (“Las hostilidades ni siquiera se consideran”). Las emociones dominantes son solidaridad y confianza plena.

Lejos de presuponerse homogeneidad en cada estadio, en cualquier momento dado se podrán pueden coexistir rasgos de una u otra etapas expresados en distintos lugares (p.e., tregua a nivel político y coexistencia en actividades agrícolas). También, como en cualquier proceso evolutivo, es dable esperar flujos y reflujos. Aun mas, el paso de un estadio de evolución al siguiente suele ser costoso, con potenciales de recaída o aun de desmoronamiento del proceso, la cima parece muy lejana- como cuando se escala una montaña- y solo cerca del final es posible obtener una visión panorámica del futuro y del contexto.


El largo camino que existe “entre la venganza y el perdón” (Minow, 1999), entre la confrontación de tipo suma cero y los “juegos” relacionales colaborativos de suma no- cero (Axelrod, 1984), aun en casos en que se cuente con las mejores intenciones y las esperanzas de la comunidad circundante e incluso de las partes en conflicto, está plagado de incontables obstáculos. Si bien la mayoría de las culturas definen a la armonía y la coexistencia como un estado más deseable que la guerra y la confrontación, el camino que va de uno a otro es complejo, empinado y difícil de transitar. De hecho, la abrumadora experiencia en conflictos entre naciones, regiones, comunidades, grupos étnicos, organizaciones con intereses contrapuestos, barrios, vecinos, y aun familias y parejas, es decir, desde los sistemas sociales “macro” a los “micro”, confirma que los conflictos perduran, que la violencia reaparece fácilmente, que la desconfianza es una constante difícil de erradicar, y que la disolución de los conflictos, o al menos su transformación en disputas saludables, no es para nada sencillo.

Para empezar, esos procesos transformativos son desalentadoramente lentos, tanto que pueden chocar con las esperanzas y necesidades urgentes de las partes involucradas, lo que suele incrementar las acusaciones de mala intención entre las partes y la posibilidad de que el proceso colapse. Estudios realizados acerca del tiempo real estimado que se necesita para la recuperación socioeconómica después de una guerra indican que “usualmente requieren al menos dos décadas de esfuerzos sostenidos” (Kreimer et al., 2000, p.67). Esta lentitud está ligada al hecho de que cada etapa del proceso que va del conflicto abierto hacia la interdependencia explicita es cualitativamente (y no sólo cuantitativamente) diferente de la siguiente, y los cambios que caracterizan el pasaje entre estadios sigue procesos complejos que requieren tiempo para estabilizarse.

En segundo lugar, el progreso del proceso de reconciliación es extremadamente inestable y sensible a variables frecuentemente incontrolables. Algunas de estas variables son relacionales, y provienen de las diferencias en la “puntuación de la secuencia de los hechos” de una historia compartida. De hecho, los corolarios de cualquier secuencia de sucesos compartidos pueden cambiar drásticamente dependiendo de la “puntuación”, es decir el modo que cada parte decide cuál la sido el paso inicial en una secuencia interaccional. La discrepancia entre “Yo me retraigo porque tú me regañas” y “No, yo te regaño porque tú te retraes”, es un ejemplo paradigmático de una diferencia en la puntuación, proceso clave para establecer quién es definido como víctima y quién como perpetrador, quién está en lo correcto y quién está equivocado (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967). Esas discrepancias en la puntuación muestran como cada parte se esfuerza a definirse a si misma en la posición de victima, que es una posición socialmente más fuerte, y colocar a la otra en la posición socialmente más débil de perpetrador, considerando que la posición de víctima ayudará a legitimar cualquier reclamo y aun actos posteriores de agresión o daño. Pueden existir variables derivadas de fenómenos contextuales — es decir, factores supra o extra relacionales-, los así llamados “actos de Dios”, tales como la sequía de una región, el colapso económico de un aliado potencial o, en una pareja en conflicto, la enfermedad de uno de los hijos. Asimismo, múltiples variaciones culturales en términos de roles y rutinas pueden también contribuir de manera idiosincrásica a las características de proceso de reconciliación, tales como las variaciones acerca de las respuestas esperables frente a la victimizacion, incluyendo estilos de revanchismo o retaliación. Finalmente, existen variables sujetas a vicisitudes internas de cada una de las partes, tales como la necesidad de un gobierno de galvanizar la opinión pública a fin de distraerla de problemas internos espinosos -un ejemplo de esto lo constituye la creación de crisis ad hoc creada por la Junta Militar en Argentina que culmino en la trágica aventura guerrera de las Malvinas durante el 82, en un esfuerzo por generar galvanizar a la opinión publica que le había retirado todo apoyo a medida que la economía del país entraba en caos. Como regla general, cuando el padecimiento socio-económico colectivo genera presiones políticas internas, es muy posible que un gobierno autocrático deseoso de retener el poder político se incline por alimentar conflictos en vez de una buscar una tregua duradera.

En tercer lugar, los procesos que caracterizan a cada estadio tienen lugar de manera simultánea en múltiples niveles. Esto significa dos cosas: por un lado, niveles analíticos : cada etapa se caracteriza por temas o retórica dominantes que alimentan y son alimentadas por emociones colectivas, que a su vez energizan y dan sentido a determinadas acciones, que a su vez, de manera recursiva, reconstituyen y sostienen esas historias; y por el otro, niveles de actividad: los comportamientos y las retóricas que caracterizan a diversos estadios pueden evolucionar a ritmos diferentes en los diferentes niveles políticos, económicos, sociales y relacionales. La compleja naturaleza de lo humano y de los sistemas sociopolíticos asegura que habrá algunas áreas o sectores específicos en los que será más viable una transformación rápida, un cambio cualitativo, una evolución o una debacle que en otros. Por ejemplo, países limítrofes que mantienen una relación de tregua armada, serán capaces de desarrollar una mínima cooperación en actividades agrícolas, pero no en el sector industrial; y una pareja en conflicto, luego de una confrontación acalorada, tal vez pueda compartir una conversación “civilizada” durante una cena pero no compartir un tierno encuentro sexual…o al revés.

De la confrontación a la integración: una secuencia de etapas

Una cuarta variable, poco argumentada o tal vez poco reconocida, es que el proceso que va desde el conflicto abierto a la colaboración constructiva, lejos de ser un proceso binario y, menos aún, un continuo sin obstáculos, se caracteriza por una secuencia probabilística de peldaños, etapas o estaciones intermedias diferenciadas, es decir, constituye un proceso que es normativo, sucede paso a paso en un orden o secuencia predecible. Cada una de estas etapas corresponde con un periodo específico en la evolución de una relación, y además tiene rasgos distintivos, permitiendo evaluar el progreso del proceso de cambio. Merece subrayarse también que, en esta secuencia evolutiva, muchas de las que son definidas aquí como etapas intermedias pueden definirse como objetivos deseables dentro de un proceso, o, incluso, el final del camino.

Este proceso es, además, evolutivo, en el sentido de que es posible predecir que las etapas específicas tendrán lugar siguiendo un orden predeterminado. Esto constituye una información importante cuando se esta facilitando estos procesos, ya que permite no solo una evaluación del progreso sino decidir cuales acciones futuras tendrán mayor probabilidad de éxito y aun ayuda a reducir la frustración cuando las mejores intenciones chocan con la realidad de un proceso evolutivo muy lento.

Cuando se analizan las vicisitudes de este camino, la transición entre cualesquiera dos de estos pasos puede a veces parecer simple y a veces increíblemente compleja. Cada etapa consolida -o caracteriza- un período específico en el proceso hacia la coexistencia, y por ello es un indicador de progreso en ese proceso. El detalle de los rasgos distintivos que pueden caracterizar a cada paso, obviamente, dependen de la naturaleza de la relación que se considere (¿Nos referimos a un matrimonio en conflicto, una disputa laboral, una escalada inter-étnica o dos países en guerra?). Estos rasgos también dependen de la naturaleza del conflicto (¿El asunto en cuestión es las responsabilidades recíprocas, el control del territorio, salvar el honor o temas económicos?), y además de innumerables variables de contexto, sean éstas culturales o circunstanciales, como se mencionó arriba.

Este ensayo especifica la secuencia de pasos o etapas diferenciadas que caracteriza al camino de un extremo (conflicto abierto) al otro extremo (integración total), así como explorar alguno de los rasgos salientes de cada una de estas etapas Propone como lente un modelo evolutivo que, en razón de su naturaleza secuencial, provee un marco de trabajo para el diseño de procesos de intervención y evolución. Y ofrece en consecuencia un marco para entender éxitos y fallas en los procesos que buscan una coexistencia fructífera y constructiva: saltarse alguno de estos pasos en la planificación e implementación de los procesos de paz y reconciliación puede disminuir las probabilidades de éxito en dicho proceso

No es de sorprender que cada etapa presenta narrativas o historias dominantes, que la caracterizan y mantienen. Estas historias aparecen en los temas preferidos de los medios de la época, hacen en las noticias, en los discursos de los líderes políticos, y aun en la conversación cotidiana en la calle o en la casa. Si bien el detalle del contenido puede variar, se tratan de variaciones de determinadas meta-narrativas o temas. A medida que se describan las etapas se especificarán los temas dominantes.

Asimismo, cada etapa se caracteriza por también por un conjunto específico de emociones experimentadas por los actores — políticos, líderes representantes de las facciones, y aun la persona media — , que se traducen y aun justifican sus acciones. A su vez, esas acciones reconstituyen — recuerdan, representan- esas emociones y por lo tanto les proveen “anclaje”. Con todo, merece hacerse notar que, aún cuando no haya cambios en el proceso, algunas emociones presentan mutaciones dentro de su propio rango. Tal es el caso de la transformación de “emociones calientes” como el enojo, el miedo, la rabia y la humillación, en “emociones frías” como el rencor (Worthington, 1998), que tiende a favorecer un retroceso del proceso, hacia la confrontación. También es el caso del cambio que se genera en las personas expuestas por largo tiempo a una situación de violencia sin cambio, en donde la exaltacion inicial acaba por transformarse en agotamiento.

Lo que sigue es la secuencia de etapas a las que se ha hecho referencia mas arriba.


Confrontación: esta etapa implica acciones hostiles tendientes a dañar la vida, el bienestar o el sustento de la otra parte. Cada parte asume y atribuye malas intenciones a cualquier acto del otro. Se han roto los principios básicos necesarios para mantener el diálogo, y sólo se logra la comunicación, cuando eso ocurre, a través de los buenos oficios de una tercera parte “neutral”. La narrativa que domina y le da anclaje a esta etapa -aquella que prevalece en las conversaciones de cada lado y también en el discurso de sus voceros o de los medios que cada parte controla- se puede resumir en la afirmación “La hostilidad es la única opción”. Las emociones que dominan a los participantes son la euforia- la experiencia de poder que otorga la confrontación-, el desprecio- una percepción denigrante del otro contendiente-, y la hostilidad. Las reglas de participación en esta etapa son claramente las de un juego de tipo suma-cero: “tu perdida es mi ganancia”.

Tregua: aún cuando las partes coexisten sin manifestar actos de violencia abierta -a veces conviviendo en proximidad, tal como es el caso de países vecinos o familias vecinas en la tregua de una disputa violenta, a veces a la distancia como es el caso de una pareja en la que la mujer huyó a un refugio luego de un nuevo acto de abuso físico del marido. Esta etapa sigue dominada por comportamientos que denotan la atribución de mala intención a cualquier acto del otro. Un ejemplo de esto puede verse en las múltiples fases de escalada y desescalada de la confrontación entre India y Pakistán acerca del territorio de Cachemira, disputado por ambos: En diversos momentos los gestos de uno o el otro país, que en otras condiciones podrían haberse sido leídos como intentos conciliatorios, son interpretados negativamente por el otro, y ambos manifestaban una desconfianza abierta entre ellos. Las acciones hostiles en esta etapa sólo pueden ser contenidas gracias a una “zona neutral”, virtual o real, vigilada o controlada por una tercera parte, independiente y poderosa. Tal es el caso de la diplomacia norteamericana del “palo y zanahoria” usada en 2002 para contener el riesgo de una conflagración desastrosa entre India y Pakistán, o la presencia activa de tropas de las Naciones Unidas en Timor del Este o en Kosovo, o la separación física de hecho o la presencia de un miembro de la familia cuando hay riesgo de violencia en una pareja en conflicto, o los decretos judiciales que fuerzan la presencia de una mediación en las disputas laborales escaladas. Cada uno de estos son ejemplos de roles de “guardianes de la paz” (Ury, 1999). En esta etapa, las narrativas dominantes son variaciones del lema “Estamos listos para los actos de violencia, ni bien esto sea necesario”. Las emociones dominantes que sostienen y, que, a su vez, son generadas por esta etapa son el resentimiento — que mantiene activo o aun revive victimizaciones pasadas y viejos rencores-, la ira reivindicatoria — que se mantiene activa como parte de ese proceso de que mezcla las nuevas afrentas y las viejas reivindicaciones, escenario que suele mantenerse también gracia de los medios masivos-, y desconfianza hacia la otra parte. En esta etapa la emoción “caliente”, como el enojo, el agravio o la humillación, está siendo masticada internamente y “enfriada” para dar paso a una experiencia de rencor- una desagradable emoción que lleva a buscar modos de aliviarse a través de la justicia punitiva o la venganza. Las reglas de participación en esta etapa siguen respetando los principios de los juegos de suma-cero.

Colaboración: aunque las presunciones sobre la mala intención del otro aún persisten en el trasfondo, el escenario cambia cuando se inician algunas actividades en común, alguna “co-labor”, como por ejemplo una cosecha en común en tierras limítrofes compartida, la reconstrucción de un puente, o el restablecimiento de una línea férrea a lo largo de una frontera, o incluso que las mujeres de cada lado hagan un uso común del río lavando sus ropas en riberas opuestas. La presencia externa de un tercero que regula se vuelve menos visible, y tiende a convertirse en observador o verificador del proceso, operando más bien como un regulador, en el sentido cibernético del término, para minimizar las desviaciones de los parámetros de un acuerdo determinado. La temática que subyace en las narrativas que dominan esta etapa es: “Las hostilidades son la última opción”, y una tranquila ambivalencia empieza a dispersar las nubes de la desconfianza. Es posible que se mantengan vivos, aunque de una manera mas silenciosa, algunos temas de reparación personal, que en parte buscan debilitar la estima de los que son definidos como perpetradores, sea a trabes de admitir públicamente sus malos actos, o de pedido perdón en ceremonias compartidas. También es posible que subsistan, de modo silencioso, creencias más subjetivas acerca de la justicia Divina -en la que Dios equilibrará la balanza- o del Karma — en el que una suerte de debes y haberes intergeneracional contiene un principio de justicia. En los procesos entre las partes pueden empezar a notarse elementos de las reglas de los juegos socio-económicos de tipo suma-no cero, ya que esta etapa es en la que empiezan a (re) aparecer los primeros esbozos de una sociedad civil.

Cooperación: el desarrollo de algunas actividades de planificación conjunta (co-operación), tales como el diseño de una represa para facilitar la irrigación de ambos territorios, o un plan de actividades placenteras para ambos en una pareja en conflicto, se ve acompañado por un cambio que va desde la presunción dominante de mala intención hacia una atribución de neutralidad en las intenciones del otro, (“Puede que no sean nuestros amigos, pero no se comportan como nuestros enemigos. Mientras ellos persigan sus propios intereses y esos intereses encajen con los nuestros….”) No es necesaria ya la presencia de un amortiguador externo visible, e incluso la presencia de esas fuerzas tiende a ser percibida casi como un recuerdo incómodo de un pasado de hostilidades. En esta etapa las agencias de ayuda tales como ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) o PMA (Programa Mundial de Alimentos) pueden comenzar a retirarse del territorio, siendo reemplazadas por mecanismos autosuficientes. De hecho, el lema que subyace a las narrativas es, cada vez con mayor frecuencia, “las hostilidades pueden ser realmente desventajosas…para ambos. La paz es deseable.” El campo relacional se mueve hacia la activación de reglas colaborativas de suma-no cero y las emociones dominantes se alejan de la ambivalencia en dirección a una empatía, aunque cuando cautelosa.

Interdependencia: en esta etapa, a medida que las partes se comprometen en la planificación y la acción en pos del bien común, la materialización de objetivos comunes opaca cualquier reminiscencia de las presunciones de mala intención. Las narrativas dominantes evidencian el consenso de que “Necesitamos al otro. La hostilidad sería definitivamente algo absurdo,” y la naturaleza constructiva de las relaciones se mantiene cuidadosamente, enmarcada una y otra vez en el despliegue de rituales recordatorios de interacciones tipo suma-no cero. Las emociones dominantes incluyen aceptación del pasado, e incluso el perdón por malas acciones anteriores, con una confianza cautelosa y un compromiso abierto.

Integración total: en esta última etapa — tal vez ideal mas que realista- todos lo movimientos relacionales están basados en la presunción implícita de buenas intenciones atribuidas a cualquier acto del otro, junto a un compromiso activo en la planificación y la acción en pos del bien común, de acuerdo a las características de los procesos de suma no-cero. Es más, existen estrategias/sistemas para el manejo de conflictos insertos en la infraestructura relacional, de modo que cuando aparece algunos problemas, lo que de hecho es inevitable, estos son re-formulados, atribuyendo al otro intenciones positivas. Adicionalmente, aún cuando se mantiene la diferenciación, cada uno apoya el crecimiento del otro. Las narrativas se inspiran en el lema “Somos uno. Damos por sentado que cualquier movimiento del otro es para el beneficio colectivo.” Existe una total reconciliación relacional. Las emociones dominantes son la solidaridad, la empatía, la confianza plena, la humildad y, quizás incluso, el amor. Como en cualquiera de los cambios explicados antes, lograr llegar a esta etapa -cosa que sucede a veces en las relaciones interpersonales, más que en el caso de sistemas más grandes- implica un cambio de segundo orden (cualitativo) en la relación.

Fig. 1: Etapas, Temas y Emociones

ETAPANARRATIVAEMOCIÓN
Confrontación “La hostilidad es la única opción” Euforia, desprecio y hostilidad.
Tregua “Listos para la hostilidad ni bien sea necesario”” Resentimiento, rabia
Colaboración “La violencia es solo un ultimo recurso’ Ambivalencia
Cooperación “Las hostilidades pueden resultar inconvenientes.” Compasión con cautela.
Interdependencia “Nos necesitamos mutuamente” Aceptación del pasado, confianza con cautela.
Integración “Somos uno” Solidaridad, confianza

Tal cual mencionado más arriba, esta secuencia de etapas es normativa: se puede predecir que la mayor parte de las relaciones conflictivas se moverán a través de estas configuraciones. El proceso puede avanzar a través de ellas, se puede estancar en cualquiera de las etapas, y aun puede deteriorarse hacia etapas más conflictivas, atraído por determinadas circunstancias, intereses dominantes o cierto liderazgo. De igual importancia es la noción de que este proceso es secuencial, es decir, no suelen saltarse etapas sino que se suceden la una a la otra, y cada una contiene experiencias que, al consolidarse, constituyen la semilla de la siguiente. A pesar de su normatividad, la evolución de una etapa evolutiva a la siguiente suele ser compleja y frecuentemente difícil (es como “escalar una montana:” los resbalones son frecuentes y pueden conducir a una caída hacia una etapa anterior.) A esa frustración se suma el que la resolución acaba del conflicto aparece como muy lejana en el horizonte de las confrontaciones presentes (mientras se esta escalando la montana, la cima parece casi inalcanzable. Y, para aumentar el desaliento de algunos de los participantes, hasta llegar al pináculo es mas difícil obtener una visión panorámica, contextulizada) (cf. Figura 2.).

                 V. VI.    
           IV. 
       III.
     II.
    I.
    ——————————————————◊

Fig. 2: El camino hacia la integración es cuesta arriba

Equilibrio y cambio

Si bien cada uno de los estadios tiene su punto de equilibrio y adquieren estabilidad en virtud de prácticas consistentes, los dos extremos de la secuencia propuesta operan como “atractores potentes”, en el sentido de que tiran en su dirección a aquellos procesos cercanos a su área de influencia. Esto se suma al hecho de que, tal cual fue mencionado, el ascenso hacia la interdependencia consume tiempo y recursos, y el proceso de cambio suele ser vivido como muy lento y con un bajo nivel de gratificación inmediata. Por el contrario, los movimientos en dirección hacia el conflicto son potencialmente más rápidos y resultan atractivos por la gratificación inmediata que suponen. Ello explica también cuán razonable es el riesgo del temido “resbalón en pendiente” (cf. Figura 2).

En un extremo del espectro, los vapores de la confrontación tienen un efecto intoxicante (“Me encanta el olor del Napalm en las mañanas. ¡Huele …a triunfo!”). Como dice William Ury (1999), “la guerra es contagiosa”. De hecho, al principio, el conflicto:

  • Reafirma el yo colectivo (“Ellos nos ven, por lo tanto existimos. Ellos nos temen, por lo tanto somos poderosos.”)
  • Expande el yo de los participantes (genera una sensación de poder y ser dueños de la verdad)
  • Genera pertenencia (fomenta un sentido de fraternidad)
  • Le da sentido a la vida (crea una historia de optimismo y protagonismo)
  • Crea esperanza (abre un futuro alternativo a la miseria actual)
  • Fomenta los negocios (genera microeconomías, mercado negro, trueque, saqueos y reconstrucción)

Con todo, en el largo plazo el conflicto, si persiste, tiene un efecto tóxico (“¡El horror! ¡El horror!”), ya que la confrontación crónica agota los recursos materiales y emocionales y fomenta la desesperanza, una experiencia que revierte el proceso previo. Como observó Mitchell (1999, p.xii), en relación a la opinión pública irlandesa luego de años de conflicto, “La gente anhela la paz. Están hartos de la guerra, cansados de la preocupación y el miedo. Aún tienen desacuerdos, pero quieren arreglarlas a través del dialogo democrático.”

Por otro lado, el extremo de la integración tiene su propio atractivo, en tanto que facilita:

  • La previsibilidad y la proyección hacia el futuro (ya que el contexto es estable, lo que permite planificar con cierto grado de certeza)
  • La civilidad (garantiza, a través de la sociedad civil, reglas para las relaciones interpersonales e institucionales, comportamientos colectivos establecidos y mecanismos de contralor consensuados -el imperio de la ley y la buena voluntad.)
  • El bienestar personal y relacional (en contraste con el estrés agotador que encierra la violencia).

Se puede agregar, como una acotación penosa pero realista, que uno de los efectos de largo plazo de una integración estable es que el compromiso colectivo para el bien común, que durante la crisis aparece en primer plano, pierde centralidad y se desplaza lentamente hacia un trasfondo, y los intereses individuales adquieren centralidad por sobre el bien común, con el riesgo de revertir el proceso — proceso que aparece casi sin excepciones después de guerras, revoluciones, acuerdos institucionales y laborales, y aun reconciliaciones interpersonales.

Ahora bien, tal cual fue mencionado al pasar, esta tendencia hacia la consolidación en una determinada etapa, estos “atractores poderosos”, no son sólo un rasgo de los dos extremos del espectro. De hecho, cada etapa tiene su propia estabilidad e inercia: una vez que se está en esa etapa, se pueden detectar complejos procesos que tienden a mantener el sistema operando dentro de sus umbrales específicos. De hecho, los sistemas complejos -incluyendo los sistemas en conflicto- no evolucionan de manera lineal, sino que alternan períodos prolongados de una “estabilizada inestabilidad” con abruptos cambios cualitativos. Para decirlo de otro modo, ningún sistema complejo puede permanecer estabilizado de manera indefinida: la naturaleza intrínseca y contextualmente inestable de cualquier sistema complejo -desde parejas a corporaciones o naciones- a la larga empuja al sistema a incrementar las oscilaciones (cambios cuantitativos), las que, en un momento dado, pueden sobrepasar los umbrales que retienen al sistema en su forma presente. Cuando esto sucede (siguiendo el modelo de Prigoyine y Stengers (1984) sobre “orden a través de la fluctuación” y la noción de Gladwell (2000) sobre “puntos de inflexión”), el sistema completo cambia a otro nivel de equilibrio cualitativamente diferente, con el que el sistema se estabiliza una vez mas….hasta que nuevas oscilaciones inicien otro proceso potencialmente desestabilizador. En resumen, todos los sistemas complejos contienen procesos evolutivos con fluctuaciones que llevarán al sistema, en un momento determinado, a cruzar un cierto umbral establecido, después del cual alcanzará un nuevo equilibrio (inestable), en el que se fijarán nuevas condiciones, nuevos valores y nuevas reglas del juego.

La ventaja de comprender los procesos que van desde el conflicto abierto a la reconciliación desde una perspectiva sistémica -y desde la óptica de la inestabilidad relativa de los procesos estables- reside en la posibilidad de asumir la existencia tanto de procesos cohesionantes (“egien”) como procesos desestabilizadores que son intrínsecos de cada uno de los estadios en la secuencia evolutiva que estamos discutiendo. Es más, pueden verse algunas semillas de una etapa subsiguiente en cualquier etapa anterior, pero los cambios no pueden ser forzados más que a medias, ya que tratándose de sistemas complejos, estos seguirán su propia dinámica cualitativa-cuantitativa. Al mismo tiempo, variables de contexto aleatorias (en el sentido de impredecibles) introducen diversas perturbaciones que impactan en los futuros procesos/acciones del sistema, reduciendo la precisión de cualquier cálculo posible para esos cambios evolutivos.

El rol de los Terceros

La presencia de terceros juega un rol central durante las primeras etapas del proceso que va del conflicto abierto a la integración. La presencia de los Cascos Azules de la Misión de las Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK) opera como un elemento disuasorio de la violencia inter-étnica entre Kosovo y Servia, y en Kosovo mismo, no muy diferente del rol disuasorio que puede ejercer la presencia de otros adultos, o aun de un niño, para controlar los actos de violencia en algunas parejas

En muchas culturas, especialmente en aquellas donde la norma es que exista una fuerte interdependencia familiar y una red social amplia y estrecha, la familia extendida suele operar como un regulador contra la violencia interpersonal, así como un espacio establecido para el manejo de los conflictos — -bajo la mirada observadora del patriarca en una gran familia Latina, del jefe de una “familia” siciliana de la Cosa Nostra, o del sheik de un clan Beduino. A su vez, como ejemplo paradigmático del fracaso no infrecuente de esfuerzos para establecer el rol de tercera parte reguladora en la comunidad internacional, merece traerse a colación la inmovilidad del mundo ante el genocidio en Ruanda, cuando había una escalada de señales que indicaban su inminencia

Las narrativas como optica

Como se dijo previamente, cada etapa se caracteriza por un conjunto de narrativas o temas dominantes, es decir, de historias que la gente cuenta sobre la situación (quiénes son “los buenos” y quienes “los malos”, los protagonistas y los antagonistas, los que tienen intenciones nobles o innobles, cuáles son las intenciones ocultas de los otros, etcétera). Y cada una de estas historias reconstituye (es decir, solidifica y proveer anclaje) a su respectiva etapa. Por lo tanto, el proceso hacia la reconciliación implica -e incluso puede estar enfocado en- cambios progresivos de las narrativas dominantes, en la transformación de historias de victimizacion en historias de evolución, fortalecimiento y autoría responsable. Este proceso de cambio de las narrativas dominantes (y por lo tanto de promoción de cambios hacia etapas más desarrolladas) es difícil de llevar a cabo porque las historias dominantes se arraigan con el paso del tiempo, ya que encuentran anclaje en (y proveen anclaje a) la identidad colectiva e individual. Es por eso que el paso de una etapa a la otra en el camino hacia la colaboración constructiva se torna más posible cuando los cambios tienen lugar y son anclados por actividades a múltiples niveles -como la economía, la educación, el deporte, las artes-, que contribuyen (aunque con diferente impacto) a construir el discurso de una sociedad civil.

Una tarea valiosa, o aun clave, del mediador/facilitador/consultor (se este un mediador internacional, laboral o interpersonal) consiste en desestabilizar y transformar las historias aportadas por las partes, en busca de una historia “mejor”, y facilitar que las partes puedan adoptar esa nueva historia de manera consensual. Un ejemplo de transformación deseable de las narrativas sería el paso de una posición pasiva a otra activa (personas o entidades como receptoras indefensas de los actos de otros, a personas o entidades como agentes de cambio). Con todo, debe tenerse en cuenta que el cambio tiene el potencial de convertirse en una espada de doble filo, ya que la incorporación prematura de un elemento activador (p.e., las personas como protagonista activos de su propia historia) en una narrativa caracterizada previamente como de victimizacion pasiva, puede empujar a los participantes a una venganza violenta más que a buscar la colaboración constructiva.

Merece subrayarse, tal cual fue implicado en las disquisiciones previas, que las historias se alojan o “viven” en el espacio interpersonal (además del espacio icónico de los símbolos y los rituales). Por ello, la unidad mínima de análisis no debe ser el individuo (o una de las partes), sino al “entramado social,” el espacio interpersonal habitual, todas las partes involucradas — incluyendo, en los conflictos interpersonales, a la familia, los grupos de afinidad, las redes con intereses relacionados, la situación socioeconómica, la cultura, y en conflictos internacionales, a todos los participantes directos e indirectos, los contextos sociopolíticos, la historia previa, es decir, los múltiples espacios interpersonales dónde las historias viejas y nuevas circulan y se reconstituyen, reconfirman y encuentran anclaje o cambian. Está de más decir que muchas redes altamente estructuradas (como las fuerzas armadas, los partidos políticos o los grupos religiosos) suelen estar montadas sobre narrativas auto-sustentadoras que empujan hacia el conflicto o al menos al status quo, y que son difíciles de cuestionar por la naturaleza densa y homogénea de ese colectivo, y por la existencia o la construcción del otro externo.

Tal vez resulte ya claro que las “narrativas” son tanto las historias como las prácticas cotidianas dominantes, cada nivel sosteniendo al otro, tanto en cada una de las partes como entre ellas, que pueden favorecer tanto el círculo vicioso de la violencia como el círculo virtuoso hacia la reconciliación. Por eso, la difícil tarea de desestabilizar las historias dominantes profundamente afianzadas puede empezar por cuestionar y cambiar aquellas prácticas que enraízan y mantienen las narrativas dominantes que sostienen el conflicto: el desarrollo de actividades en común posibilita el desarrollo o el rescate de historias de comunidad. Y lo mismo a la inversa, es decir, favorecer o rescatar historias que posibiliten los quehaceres en común. De hecho, intentar determinar un orden secuencial en el cambio de las historias y las acciones puede responder más a una necesidad del observador que a una realidad pragmática: son dos lados del mismo proceso de mediación, donde las narrativas basadas en el conflicto, al igual que las prácticas cotidianas, se desestabilizan y transforman mutuamente en un esfuerzo por empujar al sistema conflictivo hacia una coexistencia constructiva. Es la esperanza de este autor que el mapa presentado provea una orientación útil para planificar este viaje tan complejo.


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Referencias Bibliográficas

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  • Dallaire, Romeo: Shake Hands with the Devil: The Failure of Humanity in Rwanda. New York, Random House, 2003
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Version ampliada de Sluzki, Carlos E. “The pathway toward coexistence”, en Chayes Antonia. y Minow Martha, comps.: Imagine Coexistence: Restoring Humanity after Violent Ethnic Conflict, San Francisco, Jossey-Bass, 2003


Carlos E. Sluzki, Profesor-investigador del Instituto para el Análisis y la Resolución de Conflictos y del Colegio de Enfermería y Ciencias de la Salud de la Universidad George Mason; y profesor clínico de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad George Washington.

Por ejemplo, los componentes opresivos de los términos del Tratado de Versailles que sello la derrota alemana en la primera guerra mundial acabaron por alimentar en Alemania al nacimiento y la popularidad del movimiento Nacional-Socialista, y fueron usados para justificar iniquidades ulteriores, definidos por el régimen de Hitler como reivindicaciones por aquellas iniquidades.

Un ejemplo que solo señala la complejidad derivada de diferencias en supuestos de raigambre cultural: el “perdón” (como suele aparecer en la tradición cristiana) es un proceso centrado en la víctima, y es de su absoluta prerrogativa otorgarlo o no, independientemente de que el perpetrador ha pedido perdón o no, mientras que la “expiación” (mas dominante en las tradiciones judía y musulmana) es un proceso centrado en el perpetrador, sin importar si la víctima ha pedido esa expiación o no.

Se puede encontrar un ejemplo contundente de esta afirmación en el detallado relato sobre el “Acuerdo de Viernes Santo” en Irlanda, del que fue en parte artífice George Mitchell. ( 1999)


Como cualquier otro modelo, el que proponemos tiene la virtud de organizar la complejidad de estos procesos y el posible riesgo de simplificarla demasiado.

En física, uno o mas puntos hacia los cuales el sistema tiende a evolucionar independientemente de las condiciones iniciales.

Como exclamaba con exaltación un comandante (Robert Duvall) en medio de una violenta matanza, en la película “Apocalipsis Now” de Francis Ford Coppola, con guión de John Milius y Francis Coppola (1979).

El movimiento fascista, que en 1922 entronó en el poder a Mussolini en Italia, tenía como símbolo del partido un fascio, un haz de varas atadas alrededor de la cabeza de un hacha, denotando la fuerza de la unidad.

Frase murmurada con desesperanza suicida por el coronel Kurtz, agotado por el absurdo de la carnicería de la guerra, en la misma película de Francis Ford Coppola (el personaje estaba actuado por Marlon Brando.) Este guión esta inspirado en la novela “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, en la que un personaje homónimo pronuncia exactamente las mismas palabras (Conrad, 1988, p. 72.)

Von Foerster (1976) llama a esos atractores que mantienen la cohesión de un sistema “valores eigen” (en francés, “valeur proper”, que se traduce por aproximación al español como “valor correcto” o “valor propio”), y ofrece como ejemplo básico de “valor eigen” a la oración “Esta frase contiene XX letras”, que tiene en castellano solo un valor eigen (a saber, si bien “Esta frase contiene catorce letras” es gramaticalmente correcta, “Esta frase contiene trenticinco letras” es la única frase posible que de hecho tiene el numero de letras que la frase enuncia, y solo si se deletrea 35 de esa manera.)

Prigoyine y Stengers (1984) describen la universalidad de estos procesos al definirlos como el centro de todas las dinámicas (co) evolutivas. Los sistemas complejos, afirman, atraviesan periodos de estabilidad dentro de parámetros establecidos, pero evolucionan hacia fluctuaciones paramétricas que, progresivamente, empujan al sistema mas alla del equilibrio hasta que alcanza un umbral o “punto de bifurcación”, donde se establecen nuevos parámetros de base y nuevas condiciones, para después repetir el ciclo, sólo que en una etapa evolutiva distinta.

Cuando la violencia en una pareja se despliega delante de sus hijos, la experiencia deja fuertes marcas en esos niños- ellos experimentaran el mundo como un lugar poco confiable y a sí mismos como seres sin importancia ni efectividad. El escenario opuesto, donde el niño o la niña opera como neutralizador de la violencia de la pareja, también lo coloca en una situación perjudicial: el infante se torna prisionero en su propia casa, temiendo lo que pueda ocurrir sin los efectos amortiguadores de su presencia; también puede forzar al niño a funcionar como arbitro o tomar partido entre los padres sobre cuestiones que escapan a su edad, o incluso prestarse a alternativas más extremas, tales como aceptar una seducción incestuosa para reducir la violencia abierta entre los padres. No en vano cuando más aislada está la familia del entorno social, más proclive es a manifestar comportamientos violentos o incestuosos (Cobb, 1976; Gelles and Straus, 1998; House, 1981; Mitchell and Hodson, 1983; Thompson et al., 2000)

“El servicio es vuestro, la sangre es nuestra”, es la frase ritual de un padre kosovar-musulmán tradicional cuando entrega su hija al hogar de su marido, donde vivirá en lo sucesivo. Eso significa que cualquier maltrato que la hija reciba será considerado como un ataque directo a sus padres (Sluzki and Agani, 2003).

En el 2004, durante el décimo aniversario de ese genocidio, el presidente de Rwanda, Paul Kagame, acusó expresamente a Francia de haber renunciado a ese rol de tercero cuando dio apoyo al gobierno Hutu y a sus fuerzas armadas en un período en el que la retórica que se difundía a través de la radio controlada por el gobierno incitaba a la población a desatar una masacre (NYT, 4/8/04). A su vez, el lastimoso papel que jugó la comunidad internacional, especialmente las fuerzas armadas de las Naciones Unidas ubicadas en Rwanda durante ese período, fue blanco de una dramática descripción por parte de Romeo Dallaire, el comandante canadiense de la Misión de las Naciones Unidas en Rwanda, quien advirtió en vano a las NU sobre el genocidio que se avecinaba y pidió apoyo para mantener las fuerzas en el país, por lo que solo consiguió recibir reprimendas (Dellaire, 2003).

En la práctica psiquiátrica es sabido que si la pasividad física que acompaña muchas de las depresiones severas responde a la medicación antes de que cambie el estado de ánimo, aumenta el riesgo de suicidio.