Dr. Carlos Sluzki - Articles


107a. CRISIS EN UNA FAMILIA TRADICIONAL DE KOSOVA: UNA NOTA ETNOGRÁFICA

Carlos E. Sluzki y Ferid Agani

En estas notas describimos de qué manera una familia campesina musulmana de la zona de los Balcanes manejo una crisis familiar por sí misma (es decir, no hubo intervención alguna de terapeutas o consultores) con posterioridad al año 2000, encontrando cauces para el cambio sin renunciar a los mandatos de su cultura, extremadamente patriarcal. Tanto el problema como su solución están estrictamente encuadrados por un contexto sociocultural que, si bien se halla en un rápido proceso de cambio de lo tradicional a los estilos de vida occidentales, a algunos lectores puede resultarles extraño y aun constituir para ellos un desafío ideológico. Esto suele suceder con todas las incursiones antropológicas.

Los sucesos a que haremos referencia tuvieron lugar en una pequeña y empobrecida aldea campesina de Kosova, región ésta que apenas está comenzando a resurgir luego de haber sometida durante un período a una brutal “limpieza étnica”.

Antecedentes y contexto histórico

La inestabilidad política de los Balcanes es paradigmática; incluso ha enriquecido nuestro vocabulario con el neologismo “balcanización”, con el cual se alude a la fragmentación de cualquier territorio a raíz de disputas políticas. Por su ubicación geográfica, la zona estuvo expuesta a invasiones y contra-invasiones, masacres y contra-masacres, conversiones religiosas forzadas y contra-conversiones, así como a la permanente inestabilidad de sus fronteras y alianzas. En este proceso, los perfiles, normas e identidades culturales evolucionaron necesariamente — debido a los cambios radicales que se fueron produciendo en el contexto — pero también se consolidaron, reconstituidos por las versiones que cada uno de los grupos tiene de su respectiva historia. Lo que sigue aconteció en el territorio de Kosova, encerrado entre sus vecinos: Albania, Macedonia, Montenegro y Serbia.

En los dos últimos milenios, esa región fue sucesivamente ocupada y anexada por el Imperio Romano, el Imperio Otomano, el Imperio Austrohúngaro, el reino de Serbia y la Italia fascista, hasta que después de la Segunda Guerra Mundial fue reconocida como territorio perteneciente a Yugoslavia. Cada uno de estos sucesivos procesos fue acompañado por masacres de civiles y éxodo masivo de uno u otro grupo étnico o religioso. En 1981, un año después de la muerte del mariscal Tito, el reclamo de secesión de Kosova formulado por la mayoría albanesa kosovar (pueblo autóctono de origen remoto, predominantemente rural, que habla la lengua albanesa y practica una versión moderada de la religión y las tradicionales islámicas), la cual según se estima comprende al 90 % de la población, fue seguido de la ocupación de la región por parte del ejército yugoslavo, dominado por los serbios. Esto concedió el control total del gobierno regional a la minoría kosovar serbia que habita en la zona, estimada en un 10 % de la población. Este pueblo, de reciente o remoto origen serbio, habla el serbio-croata, pertenece a la Iglesia Cristiana Ortodoxa y tanto su religión como sus tradiciones son católicas.

Como resultado de la ocupación, se impuso el lenguaje serbio en los organismos públicos y en las escuelas, se cerraron todas las universidades, etc. Esta política fue incrementándose y en 1998 se convirtió en una verdadera “limpieza étnica”, similar a la ya desplegada por Serbia en Bosnia y Croacia: ejecución sumaria de miles de civiles de sexo masculino, violación de mujeres y adolescentes, saqueo y destrucción de innumerables hogares y mezquitas. Esta política desencadenó el éxodo masivo de unos 900.000 kosovares albaneses, en tanto que alrededor de otros 600.000 se convirtieron en exiliados internos, vale decir, en individuos sin hogar. Tras los fútiles intentos diplomáticos de las Naciones Unidas y de la Unión Europea, las fuerzas aéreas de la OTAN lanzaron violentos bombardeos contra objetivos serbios y también se recurrió a misiles de largo alcance, todo lo cual convenció a los serbios de que debían aceptar una solución política del problema. Desde junio de 1999, la paz ha sido mantenida en la región gracias a la muy visible presencia de una fuerza militar internacional (la KFOR) así como por la Misión de las Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK).

Este proceso tuvo como consecuencia el empobrecimiento de la región, cuyas culturas se polarizaron y fueron desestabilizadas por recurrentes oleadas de violencia. En la actualidad, Kosova está construyendo su propia infraestructura política, pero su economía sigue siendo paupérrima y los servicios públicos y sociales, escasos. No obstante, poco a poco está evolucionando de una economía basada en el agro a otra basada en la industria, con su previsible esquema de migraciones internas a las ciudades, mayor acceso a la educación, y un mejoramiento de las leyes y prácticas vinculadas con los derechos humanos.

Las discontinuidades y fracturas culturales entre las distintas generaciones han ido en aumento y se han vuelto más evidentes y complejas a medida que los jóvenes pasan de los enclaves rurales de la familia ampliada — sumamente aglutinada, patriarcal y en verdad opresiva, en particular para las mujeres (aunque presenta la dudosa ventaja del apoyo que significan las lealtades familiares para los integrantes del grupo) — , a las viviendas aisladas de las familias nucleares urbanas, con sus normas y costumbres laicas e igualitarias, donde se recompensa la autonomía lograda a expensas del fuerte apoyo mutuo.

La narración que sigue corresponde al año 2000, cuando aún estaban frescas en la memoria y en la vida cotidiana de la población las heridas producidas por la violencia masiva de los años anteriores.

Una crisis familiar

Esta viñeta tiene como punto de partida una familia ampliada de campesinos kosovares económicamente empobrecidos y abrumados por la perdida de una treintena de adolescentes y adultos varones, quienes, como habia ocurrido con tantas otras familias a pesar de no haber estado comprometidos en lucha alguna, habían sido sumariamente ejecutados o “desaparecidos” (sacados de sus casas sin que nunca más se volviera a verlos u oír acerca de ellos) dos años antes. Sin duda alguna, su destino fue semejante al de otros miles de varones kosovares: los militares serbios los hacían subir a camiones, los llevaban a algún lugar de la campiña en el que no hubiera testigos, los fusilaban y los enterraban colectivamente en tumbas desconocidas.

El enclave donde habitaba esta familia habia sido vandalizado e incendiado, y reconstruido sólo parcialmente cuando sus integrantes retornaron del exilio. La familia actual estaba compuesta por una variedad de mujeres y niños: varias viudas de edad avanzada con sus hijas solteras o viudas, sus nueras viudas, y los hijos de éstas. De acuerdo con las normas y costumbres tradicionales de la región, los miembros varones periféricos de la familia, como tíos y primos, participaban activamente, sin dejar de vivir en sus respectivos hogares, en el cuidado por el bienestar de la familia y en su representación ante otras familias y grupos. Más allá de las actividades agrícolas que desarrollaba esta familia, su nivel de pobreza era extremo.

En esas circunstancias, una de las parientas políticas, una viuda de 24 años cuyo esposo había “desaparecido” dos años atrás y se lo suponía muerto, dejó el enclave con sus dos hijos (una niña de cinco años y un varoncito de dos) y volvió a la casa de sus padres, situada en un pueblo cercano. Como explicación razonable adujo su deseo de aliviar la carga económica de sus familiares políticos, ya que, si bien sus padres también eran campesinos, su situación económica era mucho mejor. También es posible que no se llevara bien con su suegra y/o que no se sintiera cómoda en una casa comparativamente menos confortable que la de sus padres y en compañía de personas menos cultas que éstos.

Dos años más tarde la mujer informo que un hombre la estaba cortejando, que a ella le agradaba y que estaba considerando su propuesta de matrimonio. Cuando esto llegó a oídos de su familia politica, un grupo de hombres, en representación de las opiniones y los intereses de toda la familia, exigió tener una reunión formal con el padre de esta mujer — ya que tradicionalmente los problemas familiares se dirimen entre los patriarcas de cada familia — .

Fue así que en el momento indicado dos tíos y un primo del ex marido de la mujer se apersonaron en la casa de su padre y fueron recibidos por éste y dos de sus hijos varones. En la reunión no estuvo presente ninguna mujer, como mandan las tradiciones. Tras los saludos rituales — las dos familias se conocían desde hacía varias generaciones — , los visitantes procedieron a presentar sus reclamos. Manifestaron que no tenían objeción alguna a que los hijos de la mujer vivieran con la familia de origen de ésta, a la que respetaban; más aun, señalaron que esa situación había sido ventajosa para todos. Sin embargo, enterados de que la mujer deseaba volver a casarse, opinaban que su hijo varón debía retornar a la familia del padre, a fin de asegurar la continuidad del patronímico y reforzar la presencia masculina en una familia con tantos hombres muertos.

El padre de la mujer respondió con gran ceremonia: “Frente a Dios, debo ser sincero: no quiero para ustedes lo que no quiero para mí mismo, ni quiero para la familia de ustedes lo que no quiero para la mía”, haciendo referencia específica tanto a la pérdida de miembros de la familia como al riesgo de que el linaje se perdiera. En el diálogo posterior agregó que entendía también otra de las posibles preocupaciones de sus visitantes, a saber, que si su hija se volviese a casar, sus actuales familiares políticos perderían todo peso en la crianza de los hijos, ya que éstos pasarían a formar parte de otra familia.

Los dos hermanos de la mujer (que habían estado viviendo y trabajando en Alemania, y consecuentemente estaban mucho más occidentalizados) interrumpieron al padre argumentando que las pretensiones de los visitantes carecían de fundamento. “Los niños ya perdieron a uno de sus padres — afirmaron — y no debía volver a castigárselos con la pérdida del otro”. A esto los visitantes respondieron que no eran ellos los que separaban al niño sino su madre la que se había ido, y añadieron: “¿Qué pasaría si la hermana de ustedes muriese después de volver a casarse? Todos somos seres humanos y nadie sabe cuánto va a vivir. En esa situación, ¿qué les pasaría a los niños? Serían criados en un ambiente sin amor, ya que sólo formarían parte de la familia del nuevo esposo por vía materna”.

Los hermanos de la mujer iniciaron una réplica pero fueron vigorosamente interrumpidos por el padre, quien les dijo que no debían pronunciar una sola palabra más so pena de ser expulsados del hogar. Luego de dirigir algunas frases amistosas a los visitantes, procedió a informarles (de nuevo, en forma ceremoniosa) que había tomado una decisión respetuosa del reclamo de ellos y que tenía en cuenta “los mejores intereses” de todos. Era la siguiente: cuando su hija volviera a casarse, si es que ello sucedía, sus nietos continuarían viviendo en la casa de él. Allí serían criados con amor tanto por él como por los demás integrantes de su familia, ya que eran de su misma sangre; el varoncito — y la niña hasta que se casara — conservaría siempre el patronímico del padre, como un modo de honrar a éste y a su familia; además, los familiares del padre tendrían pleno acceso a los niños, al igual que la madre, que podría verlos cuando quisiera.

Los visitantes discutieron entre sí para llegar a un consenso y luego declararon que la solución propuesta les parecía, al menos por el momento, sabia y aceptable. La reunión concluyó con muestras recíprocas de aprecio. Cuando algunos meses más tarde, cuando la mujer contrajo de nuevo matrimonio, todo sucedió de acuerdo con esas especificaciones.

Comentario

La organización familiar tradicional de los kosovares albaneses es fuertemente patrilineal. Los hombres desempeñan el principal papel en las grandes decisiones de la familia, el honor es un elemento retórico dominante, y la venganza, un vehículo para canalizar la vergüenza y la humillación. En caso de haberse dejado llevar por las costumbres culturales, el patriarca habría accedido al reclamo de los visitantes y les habría entregado al nieto para que ellos lo criasen. En ese contexto cultural, la solución que él propuso fue inusual y no se atuvo a las tradiciones (de ahí la sorpresa manifestada por los visitantes), pero desde el punto de vista pragmático era coherente (por eso la aceptaron). Además, habría de tener importantes consecuencias de largo plazo que detallamos más adelante.

Más concretamente, el sutil arbitraje practicado por el abuelo del niño presentó una variedad de interesantes matices:

  • Se encuadró dentro de las tradicionales culturales vinculadas con los valores familiares, el linaje y las líneas de autoridad, manifestando su respeto por ellos.
  • Partió de la base de que todos los participantes estaban guiados por buenos propósitos, lo cual aumentó las probabilidades de alcanzar una solución amistosa.
  • Expresó su respeto por el deseo de los visitantes de honrar la memoria del padre desaparecido, asegurándo continuidad de su nombre y linaje a esa familia diezmada por el pesar.
  • Se apoyó en la declaración de los visitantes de que no objetaban que los niños vivieran con la familia de su madre; por ende, la propuesta ad hoc que hizo pareció la consecuencia lógica de lo que aquéllos habían dicho.
  • Presentó un toque salomónico de neutralidad, ya que no cedió del todo al reclamo de los visitantes pero tampoco entregó sus nietos a su hija, lo cual habría sido percibido como una decisión unilateral y problemática.
  • El argumento se baso en el criterio del “mejor interes” de los niños, cuidandose con todo de no poner en grave riesgo las necesidades de todos los adultos involucrados; en efecto, los familiares políticos tendrían pleno acceso a los niños, y también lo tendría la madre — de otro modo, como se verá luego, los niños habrían corrido un riesgo potencial — .
  • Mantuvo plenamente la protección brindada a la madre por la familia. En las familias musulmanas kosovares tradicionales, cuando una mujer se casa pasa a vivir en la casa de la familia (frecuentemente ampliada) de su marido, pero sigue sujeta a la estricta protección y vigilancia de su familia de origen a fin de evitar cualquier maltrato, abuso o inequidad. Esto se transmite cabalmente en la frase tradicional que pronuncia el padre cuando la “entrega” a la casa de su nuevo esposo: “Los servicios de ella les pertenecen a ustedes; su sangre nos pertenece a nosotros”. Sin embargo — y esto explica en parte el poder del patriarca sobre su hija — , una mujer que deshonra a su familia y/o es rechazada por ésta queda totalmente desprotegida y corre graves riesgos de sufrir abusos.
  • Ofreció un futuro más promisorio al niño que volver a la casa de su difunto padre, en tanto y en cuanto la mejor situación económica del abuelo materno le garantizaba su educación (argumento éste que no fue expresado de manera explícita pero que todos los participantes tenían bien en claro).
  • Protegió a los miembros de la familia contra posibles actos de venganza de los parientes del padre del niño, tradición que a veces arruina a las familias por las vendettas recíprocas practicadas a lo largo de varias generaciones.
  • Permitió que todos vieran salvado su orgullo y se sintieran satisfechos, incluidos los hijos del patriarca, que en esta ocasión resultaron reprobados: el reproche que les dirigió públicamente su padre era culturalmente aceptable, ya que ambos lo habían contradicho en presencia de “extraños” y actuaron en forma irrespetuosa con los visitantes. De hecho, el comportamiento de los hijos permitió al patriarca poner en práctica el principio de que para establecer una coalición con los miembros potencialmente más distantes de un sistema es a veces necesario poner distancia y diferenciarse de aquellos a quienes se percibe como aliados naturales.

Los autores de esta nota ignoran si el padre había llegado previamente a algún acuerdo con su hija respecto de su decisión/propuesta, o incluso si le había informado algo o no acerca de ella, asunto éste que dista de ser trivial.

No obstante, es probable que lo haya hecho, cosa a su vez culturalmente apropiada, ya que los despliegues irrestrictos de la autoridad patriarcal son contrarrestados en la intimidad del hogar por una interacción intrafamiliar más flexible. Debe señalarse, además, que la madre de los niños, una mujer bastante culta que había terminado la escuela secundaria, sabía perfectamente que en Kosova funciona en la actualidad un sistema jurídico “occidentalizado”, el cual la habría favorecido en caso de que ella hubiera decidido reclamar la custodia de los hijos. O sea que, pese al dictamen paterno, ella podría haberse llevado a los dos niños consigo. Pero, como dijimos antes, en ese medio cultural la desobediencia franca de los mandatos paternos equivaldría a un suicidio social.

Cierre

¿Qué pasó luego? La mujer contrajo enlace con el candidato de marras, pero veía diariamente a sus hijos, ya sea en la casa del padre o en salidas conjuntas con su nuevo marido. Asimismo, los niños eran visitados de vez en cuando por miembros de la familia política. Poco después de la boda, se halló el cuerpo del extinto así como el de otros integrantes de su familia, lo cual dio lugar a que se realizara el funeral y el entierro ceremoniales. En dicha ocasión, y otras varias veces posteriores, la madre y los dos hijos fueron a visitar a sus parientes políticos sin dificultad alguna. El patriarca, cuya situación economica era evidentemente mejor, ofreció ayuda económica ocasional a sus antiguos parientes políticos, comportamiento previsible en una cultura de clanes entrelazados como la descrita, en la que existen lazos estrechos y obligaciones reciprocas marcadas entre las familias, pero que además consolidaba cierto poder del patriarca sobre aquéllos. Con el curso del tiempo, todos llegaron a conocerse entre sí, el nuevo marido “aprobó todos los exámenes” de rigor relacionados con los criterios tácitos de respeto, responsabilidad y benevolencia hacia los niños, y un año más tarde, con el consenso general y la bendición del patriarca, los dos niños se unieron a la madre en la casa que ésta ocupaba ahora, en coincidencia con el nacimiento de un bebé, hijo de la nueva pareja.

Cabe preguntarse, por cierto, en cuánto contribuyó a la resolución feliz de esta crisis el hecho de que hubieran identificado el cadáver del marido hasta entonces desaparecido, descongelando así el duelo interrumpido o incompleto, es decir, la pérdida ambigua (Boss, 1999) de su familia de origen. Nuestra impresión es que este suceso fortuito facilitó de manera importante el cambio de situación de la familia. También es probable que haya cumplido un papel destacado la presión implícita de la posición económica y social dominante que ocupaba el patriarca dentro del clan, así como el efecto del simple paso del tiempo en una trama familiar en la que todos se comportaron de acuerdo con los mandatos de la cultura — aun en una situación para la cual esta última brindaba sólo guías imprecisas.

Esta historia permite vislumbrar la estrecha interacción existente entre las reglas y normas de la cultura y los procesos de cambio, más aun en un período histórico en el que suele pasarse por alto, sobre todo en la política internacional, la tenacidad de esas normas (que los cambios sociales acelerados tornan más evidentes). El peligroso resultado de esto es la escalada de las choques culturales y la intolerancia por la diversidad. También muestra que un cambio en apariencia mínimo en un proceso que, por lo demás, está reglado por las normas culturales permitió a estas familias alcanzar un desenlace novedosos desde el punto de vista cultural, adaptado tanto a los antiguos mandatos como a las nuevas demandas.

Para terminar, a los autores de esta nota el proceso de repasar y revisar esta historia nos llevó a reconocer una vez más que la sabiduría práctica, desplegada a través de actos coherentes, compite con creces con la mas lúcida de las mediaciones o de las terapias. Nos llevó a evaluar también hasta qué punto lo que cada uno de nosotros defiende en cada momento — y con pasión — como lo “políticamente correcto”, lejos de ser un valor inmanente, es una construcción social en constante evolución.


(Traducción de Leandro Wolfson)


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Bibliografía

  • Abdalla, Amr (2001): “Inter-Personal Conflict Patters in Egypt: Themes and Solutions.” Unpublished Ph.D. Dissertation, George Mason University (p.119)
  • Boss, P. (1999): Ambiguous Loss: Learning to Live with Unresolved Grief. Cambridge MA, Harvard University Press.
  • Malcom N. (1994): Bosnia: A Short Story. New York, NYU Press.
  • Monk, G., & Gerhart, D. R. (2003): Sociopolitical activist or conversational partner? Family Process, 42(1), 19-30.

  1. Una versión previa de este artículo apareció en Family Process, 42(4): 479-84, 2003.
  2. El Dr. Sluzki ( HYPERLINK “mailto:csluzki@gmu.edu” csluzki@gmu.edu) es profesor investigador en George Mason University, Fairfax, Virginia, Estados Unidos, y profesor clínico de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de la George Washington University, Washington. El Dr. Agani era, cuando fue escrita esta nota, viceministro de Salud en Kosova y profesor asistente de Neuropsiquiatría de la Universidad de Pristina, Kosova, y actualmente es miembro de la Cámara de Diputados de Kosova.
  3. El 90 % de la mayoría kosovar que habla la lengua albanesa escribe este nombre con “a” final, mientras que la denominación empleada por los kosovares serbios, y la más frecuentemente adoptada en los documentos internacionales, es “Kosovo”.
  4. Esta sección se basa en fuentes del Departamento de Estado norteamericano que son de dominio público, incluidos los informes sobre Kosovo producidos en mayo y diciembre de 1999 por dicho organismo y otros documentos conexos; en Malcom (1994); así como en recientes visitas realizadas al lugar.
  5. Aunque los valores dominantes “tradicionales” y “religosos” conforman un sistema muy entremezclado, vale la pena tratar de diferenciarlos. Los valores “tradicionales” pueden definirse como “... un conjunto de normas y principios éticos heredados, a lo largo de la historia, de varias fuentes y que influyen en múltiples aspectos de la vida, como los rituales vinculados con el nacimiento, el matrimonio y los funerales. También suministran valores relacionados con tradiciones familiares estrictas (v. gr., el patriarcado y las limitaciones impuestas a la apariencia física de las mujeres y las opciones disponibles para ellas) y aun con sangrientas venganzas. Estos valores no son, en principio, “religiosos” (Abdalla, 2001). Cierto es que los valores tradicionales pueden estar muy imbuidos de la religión predominante, pero algunos de sus rasgos responden a otras influencias culturales que no son religiosas.
  6. A raíz de la intensa y directa relación que los musulmanes mantienen con su Dios, Alá, el hecho de invocarlo no implica sólo una ceremonia sino la obligación de decir la verdad.